Del cultivo a la cultura: la historia de un país cafetero

 

Es innegable que pese a ser una tierra productora de cacao, caña de azúcar, tabaco, algodón, banano, arroz, nada representa tanto a Colombia de cara al exterior como lo hace el café. ¿Cómo un grano que no es endémico de un país llegó a convertirse en un sólido símbolo de su cultura?

La respuesta a este interrogante podría no estar en el café, sino en los colombianos. Si bien el café no siempre creció en este territorio, sí apareció en un momento en el que muchos aspectos de la colombianidad estaban aún en construcción. Cuando los primeros granos llegaron a América desde Etiopía, pasando por Arabia y Europa, encontraron en Colombia un territorio ideal para echar raíces y ese es probablemente el primer aliciente de esta relación histórica.

Un pais de montañas

Colombia no tiene extensas llanuras agrícolas, pero sí muchísimas montañas y el café ama precisamente eso: alturas medias, temperaturas templadas, lluvias frecuentes, suelos volcánicos y largas pendientes. Es como si Colombia estuviera diseñada para ser cafetera. El café es un cultivo ideal para su geografía.

Una sociedad cafetera

El contexto social colombiano también favoreció la popularización de la caficultura. Mientras que en otros países cafeteros, los cultivos se concentraron en manos de grandes hacendados. En Colombia, por su parte, el café se cultivó principalmente en pequeñas fincas familiares.

Al no convertirse en un producto de unos pocos, sino en el sustento de cientos de miles de familias y sus generaciones venideras. Los hijos aprendían a sembrar, las cosechas marcaban el calendario, de repente la familia se organizaba en torno al café y así pasó de ser un producto agrícola para volverse una forma de vivir.

Hoy en día, Buencafé pertenece a más de 556.000 familias caficultoras de todos los rincones del país.

Impulso institucional

Muchos países producen café, pero pocos construyeron instituciones alrededor del café. La creación de la Federación Nacional de Cafeteros en 1927 permitió organizar a los productores, mejorar la calidad, abrir mercados y construir una marca país alrededor del café colombiano.

Gracias al esfuerzo que por muchos años la FNC hizo para posicionar el nombre del mejor café del mundo y que este fuera reconocido como tal a nivel internacional, Colombia dejó de exportar café, para exportar una historia, un discurso.

La posterior creación del sello Café de Colombia también hizo lo suyo. Ahora Colombia, más allá de sentirse un país que produce café, se autopercibe orgullosamente como un país cafetero.

La cultura cafetera

La popularidad del café colombiano se vio amplificada por los productos culturales. El café empezó a aparecer en canciones, literatura, pintura, publicidad, televisión, turismo, arquitectura, gastronomía. Las fincas y el paisaje cafetero se volvieron patrimonio y poco a poco, esta narrativa, se proyectó con fuerza hacia el exterior.

Hoy el café hace parte del ritual matutino de muchísimos colombianos y simboliza los valores de un país entero. Por eso, cuando una marca utiliza café 100% colombiano, no solo incorpora un ingrediente reconocido por su calidad. También lleva consigo una historia construida durante más de un siglo por cientos de miles de familias cafeteras, una tradición que convirtió a una bebida cotidiana en uno de los símbolos más representativos de la colombianidad.

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